Rupert Sheldrake tenía el perfil perfecto de la élite científica británica. Graduado en ciencias naturales con honores en Clare College de Cambridge, se convierte en investigador en bioquímica en Harvard y luego director de estudios en bioquímica en Cambridge. Realizó trabajos cruciales sobre el desarrollo celular de las plantas.
Sin embargo, al estudiar cómo las células se diferencian para formar una hoja o un ojo (la morfogénesis), se da cuenta de que la genética no puede explicarlo todo. El ADN contiene el código de las proteínas, pero no el 'plan arquitectónico' de la forma. En 1981, publica 'Una nueva ciencia de la vida', un libro tan revolucionario que la prestigiosa revista Nature publicó un editorial preguntando si no debería quemarse esta obra.
Rechazado por la franja dogmática de la biología, Sheldrake nunca retrocedió. Pasó los siguientes 40 años realizando experimentos participativos globales (a menudo muy simples y de bajo costo) para probar la existencia de la telepatía (especialmente en animales) y la sensación de ser observado.
Hoy en día es uno de los críticos más articulados del materialismo reduccionista, defendiendo una ciencia abierta, empírica y liberada de lo que él llama los 'diez dogmas de la ciencia moderna'.
Sheldrake realizó decenas de miles de ensayos a ciegas demostrando que los humanos (y los animales) pueden sentir cuando alguien los está mirando por la espalda, con resultados estadísticos muy por encima del simple azar.
Filmó y analizó rigurosamente el comportamiento de perros y gatos que anticipan el regreso de su dueño a casa, demostrando que esta anticipación comienza en el momento exacto en que el dueño forma la intención de regresar, independientemente de la distancia o los horarios habituales.
Es la teoría central de Sheldrake. Postula que todos los sistemas que se organizan (las moléculas, los cristales, los embriones, las sociedades) heredan una memoria colectiva proveniente de todas las cosas pasadas del mismo tipo. Esa es la 'resonancia mórfica'.
Por ejemplo, si sintetizamos un nuevo cristal químico complejo en un laboratorio, toma mucho tiempo. Pero la segunda vez que lo sintetizamos, incluso en el otro lado del mundo, el cristal se formará más rápido, porque se ha creado un 'campo mórfico' que facilita el proceso.
Del mismo modo, el instinto de los animales o el inconsciente colectivo humano (que se alinea perfectamente con las ideas de Jung) no están almacenados físicamente en el cerebro, sino 'descargados' desde el campo mórfico de la especie.
Si todos estamos inmersos en campos de información invisibles que conectan a los miembros de una misma especie (incluso del universo), la sincronicidad se vuelve muy explicable biológicamente.
Nuestros cerebros no son discos duros aislados, sino emisores-receptores sintonizados en ciertas frecuencias mórficas. Cuando pensamos intensamente en una persona y ella nos llama en ese mismo instante (sincronicidad clásica), es porque nuestros campos mórficos se han cruzado y han resonado juntos. La coincidencia no es más que la manifestación visible de un vasto tejido conectivo que une la mente y la materia.
El libro fundador que introduce la hipótesis de la resonancia mórfica, provocando la ira de la comunidad científica ortodoxa.
Una obra magistral (también titulada The Science Delusion) donde desmonta uno a uno los dogmas del materialismo puro y llama a una revolución científica holística.
Una colección fascinante de sus experiencias que demuestran científicamente las capacidades telepáticas y premonitorias de perros, gatos, caballos o aves.